Hoy parece que ya haya llegado la primavera. Hace sol, no hay una nube en el cielo, la Luna refleja los rayos en parte. Sé que Zaragoza es así durante todo el año, que las temperaturas no se quedan en los 4 ºC, pero aun con todo, me sorprendo. Porque este invierno ha sido lluvioso y triste, nevado y emocionante, pero no soleado y amable. Porque ahora vivo (cuando vivo de día) en otro sitio en el que el cielo no es así y aunque la diferencia no sea tanta, se nota. Y la ventana de esa habitación no es tan grande y no da al sur. Mi cielo azul sin nubes siempre será mi cielo azul sin nubes y nunca se podrá igualar.
Hoy me apetece salir a la calle. Andar por el parque, ir despacio, hablar más bien poco. Me gustaría llevarme el ordenador y conectarme en un banco a escribir esto, mientras oigo los pájaros, los árboles y el viento. Estar tranquila mirando nada en concreto y todo en general. Dejar que mis oídos se deleiten con el ruido de una bolsa de plástico, escuchar cómo cruje. Sentir el movimiento del aire que no duele, que refresca pero no enfría. Y tomar el sol, que estoy muy blanca.
Hoy el mundo es diferente. Es claro, nítido y apacible. Hoy todo lo familiar es nuevo y queda mucho por descubrir. Lo bueno de ser miope es que si no te pones las gafas en un tiempo, después eres capaz de deleitarte con cualquier cosa que haya a lo lejos, aunque solo sean farolas y edificios. Así veía yo antes. ¿Por qué no me daba cuenta entonces de lo maravilloso que era el mundo del horizonte? Cuántas cosas se pueden apreciar en un solo vistazo, cuánta información recibimos y cuánta desechamos, cuánto nos perdemos por ir siempre con prisa en este mundo a contrarreloj.
Hoy se merece ser recordado. La última semana ha sido intensa pero todavía quedaba un sábado de muchas emociones. Desgraciadamente, hay cosas que no podemos controlar. El futuro juega con nosotros y con nuestros sentimientos, nos hace querer a una persona que se irá antes de tiempo, no nos avisa de un fracaso, deja que despilfarremos lo que tenemos sin pensar en las vacas flacas, nos traiciona con las decisiones de los otros. Y la muerte se presenta en el momento menos indicado, en el más alegre, para recordarnos que sigue ahí, que no nos tenemos que fiar y que si quiere, gana. Las personas le tienen miedo y hacen locuras, no saben si amar o no amar, por no perder, si perder o no perder, por amar. Y cuando aman son capaces de sortear muchos obstáculos, de luchar cuando todo parece perdido, de parecer felices para hacer felices a los otros, de decir maravillas con palabras. Y las palabras a veces emocionan, mucho más que una imagen, y nos llegan más adentro, porque aman. La frase más sencilla del mundo se carga de significado si la decimos con sinceridad y sentimiento.
El futuro y la muerte se asociaron hace tiempo. Pero contra estos dos poseemos un arma muy valiosa: carpe diem.