Hoy te escribo para contarte que estoy ampliando mis horizontes.
Ayer cené con algunos del cursillo intensivo de alemán (el finés, la checa y el chino) y estuvimos hablando de muchas cosas interesantes, nada de tonterías. Eso sí, a velocidad estudiante-extranjero-que-no-controla-del-todo-el-alemán. Sobre todo le hicimos preguntas al chino, sobre China, y todos hablamos de nuestras respectivas lenguas maternas. Me encantó tener informaciones de primera mano mientras en la otra llevábamos una Franziskaner. Estoy deseando que el iraní también nos cuente cosas, que hoy además he estado leyendo un poco sobre algunas lenguas asiáticas. Y esta mañana, uno de mis compañeros de piso, el que ha estado y estudia sobre India, ha estado hablando sobre el sánscrito y el hindi. Su novia el año que viene hará el erasmus en Finlandia y le he prometido que le presentaría a los finlandeses que yo conozco aquí para hacer tándem o que le puedan ayudar cuando vaya. Además, acabo de escribir a la chelista japonesa, también del intensivo, que todavía está en Japón y a la que, me he dado cuenta, me apetece volver a ver para ir con ella a algún museo, a la ópera o a cenar en algún restaurante étnico de los que hay por el centro.
Aquí todo el mundo es igual, no hay diferencias, ni siquiera entre aragoneses-catalanes-valencianos, ni chinos-taiwaneses, ni rumanos-húngaros, ni flamencos-valones. Todos tenemos una cosa en común: que queremos aprender y practicar alemán. Y resulta que, mientras lo hacemos, aprendemos millones de cosas más, otras culturas, otras costumbres, otros idiomas. Me encanta el erasmus porque cada día aprendo algo y me doy cuenta de todo lo que me queda por aprender.
Basado en hechos reales.

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